A la una de la madrugada las pociones comenzaron a funcionar. Las bebidas endulzadas con un toque de Magia, elevaron la temperatura de la noche fría para poner a cincuenta personas a bailar alrededor de melodías de trance y techno que en esta noche sustituyeron a las tradicionales pastorelas. Las piñatas terminaron y los ganadores disfrutan sus productos —extractos y cartuchos de cannabis— como niños pequeños engolosinados con caramelos, caña y tejocote: una nube de marihuana flota sobre la gente. 

La Posada Folklore es una fiesta psicoactiva con temática navideña, en donde se festeja la marihuana, sus beneficios y la camaradería que la rodea. Este año la posada se llevó a cabo en un santuario de la Ciudad de México, un pequeño refugio en el centro de la ciudad cuya existencia se transmite de voz en voz. Coloridos murales y pinturas sicodélicas llenan los muros del edificio de tres pisos por el que se accede al santuario. Una vez adentro, un patio con una terraza recibe a los pastores con un sinfín de plantas distintas creciendo para arriba y cayendo desde el segundo piso. Plantas pequeñas y grandes de tonalidades verdes rojas y amarillas. Extraños objetos cuelgan de alguna rama mientras el espejo del baño está adornado con cientos que brillan con la luz. Al fondo, una barra en donde preparan las pociones mágicas, al lado de una botica con productos cannábicos y algunos otros con propiedades sicoactivas provenientes de los hongos y el peyote. 

Así como en las posadas tradicionales —en donde hay pastorelas, piñatas con fruta y poco o nada de droga— los invitados llegaron cuando cayó el sol. Desde entonces se podía recorrer el edificio y el patio, que contaba con la botica ya mencionada, la barra y dos puestos con los productos cannábicos de temporada: semillas para sembrar y flores para fumar, cartuchos con destilado y diferentes marcas nacionales de extractos para dabbear. A un lado, una mesa con una pieza de vidrio adornada con arte huichol constantemente encendida para que los invitados pudieran fumar extractos al momento que quisieran, sin filas ni esperas. 

Una vez que los pastores estaban cómodamente instalados y disfrutando de las bondades de la yerba, un grupo de rock se encargó de los cantos que en otras posadas suelen ser a capela. La noche arrancaba con las melodías de The Canabees mientras las personas ordenaban cocteles con magia o ponche con cannabis. Y por si los menjurjes sicoactivos, las flores y la barra de dabs no fueran suficientes opciones, de la cocina salían platillos cannábicos cargados con THC: macarrones con queso y la tradicional ensalada de manzana y marihuana. 

Pasada la media noche llegaron las piñatas, una decena de coloridas estructuras rellenas de regalos como porro, extractos de cannabis y cartuchos de destilados Folklore, los anfitriones que en esta noche además celebraban el haber ganado la Copa Jack Herrer a la mejor marca internacional. Una por una las piñatas fueron explotando para generar una avalancha humana debajo de estas. Los ganadores, en éxtasis (por las pociones), bajaban a los puestos a cambiar sus premios y continuar disfrutando la velada. 


Una vez terminadas las piñatas comenzó la fiesta. Imagino que es el equivalente a cuando en una posada te dejan entrar a la casa y lo que resta es disfrutar de la comida y la convivencia; solo que el ponche y la comida tenían fuertes dosis de marihuana. Primero tomó el escenario un DJ, luego otra DJ y luego un par más. La noche seguía y el único límite era la energía para mantenerse de pie. Poco a poco fueron cayendo pastores, hasta que el santuario se convirtió de nuevo en hostal y los pastores en fiesteros. Terminó el convivio de este año, pero así como nuestros antepasados hicieron de las espiropapas una tradición, los macarrones cannábicos y el ponche con yerba se establecen poco a poco como una parte de la navidad. 

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